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viernes, 27 de marzo de 2015

LA CLEPTOCRACIA Y LOS MURALES DE LIMA

   


 ¿Qué concepto en relación a la cultura puede tener la cleptocracia? Primero habría que definir qué significa este neologismo. Es el gobierno de los cleptócratas y los ciudadanos que votan por ellos, resultan  cómplices sin necesariamente proponerse ser tales. Un cleptócrata posmoderno se ampara en la creencia de la extraña como perversa “doctrina”, de que: “Roba pero hace obra”. La cleptomanía es una enfermedad sicológica compulsiva, un trastorno terrible de la personalidad, es un inconsciente impulso para robar cualquier cosa, por más pequeña que sea, sin medir las consecuencias. Pero cuando hay políticos que roban impunemente y no son sancionados, desgraciadamente imponen un deleznable ejemplo de cómo enriquecerse, gracias a los votos de ciudadanos honrados.
    Entonces, los políticos cleptócratas no son demócratas y no tienen la culpa de llegar al poder sino los electores que votan por ellos. Así, los electores que prefieren la cleptocracia están dispuestos a votar por cualquier candidato a la presidencia de la República en las próximas elecciones, con antecedentes de haberse enriquecido en el poder y acumulado una cuantiosa fortuna que resulta imposible explicar. Las respuestas son: “Todos son iguales”, “unos roban menos y otros roban más porque para eso llegan al poder”. Hay también quienes dicen: “Nosotros robamos menos”. No faltan los que sostienen: “La corrupción y el robo son instituciones inherente a la política peruana. El que aparentemente no roba no es que sea honrado, sucede que sabe robar bien”. Hemos llegado a un estado en que desgraciadamente, la política oficial en el Perú se ha convertido en sinónimo de estafa, rapiña, hurto, saqueo, latrocinio, pillaje, expoliación e impunidad.
   Sin embargo, no todos los ciudadanos piensan como cleptócratas, la mayoría de los jóvenes y electores tienen una opinión crítica frente a la corrupción. Están  hastiados, hartos, desencantados de la forma cómo en el Congreso de la República, puede haber congresistas que salven a candidatos a la presidencia de la República, que deben ser procesados y sancionados. Las deleznables alianzas políticas destinadas a salvar a los cleptócratas, lo único que logran es ahondar la crisis social, imponer una detestable impostura que sin duda ha hecho mucho daño a la política peruana. 
    La cleptocracia y la corrupción en el Perú tienen una larga historia que empezó a ser investigada  y escrita por Alfonso Quiroz: “Historia de la corrupción en el Perú” y también por Javier Diez Canseco. Ambos lamentablemente fallecieron cuando intentaban hacer un trabajo mayor. Por eso, con seguridad se puede afirmar que hay fortunas familiares, que sin duda provienen del ejercicio de los gobiernos de la cleptocracia y la corrupción. Si alguna vez se hiciera una investigación sería, seguramente que no extrañaría saber que muchos personajes que ejercieron el poder, se enriquecieron, sin que nunca hayan sido investigados ni sancionados. No todos los políticos tuvieron una censurable inconducta, hay ejemplos dignos y tampoco hay por qué generalizar.
    La cleptocracia en el poder carece de criterios para diseñar una política cultural y una política para la cultura. No tiene concepto de lo que significa el cambio y permanencia de expresiones culturales, en una sociedad compleja como la nuestra. La cultura no tiene utilidad para sus fines políticos presentes ni futuros. No piensa en planes a corto y largo plazo para fomentar, financiar y menos entender que es preciso el desarrollo del muralismo urbano, conciertos de música clásica y popular, etc., etc. Convocar a concursos de cuento, poesía, novela, ensayo, así como de historia, arqueología, sociología, antropología, lingüística regional, por ejemplo.
    El hecho de que desde el Municipio de Lima Metropolitana, el alcalde Luis Castañeda Lossio, haya dado la orden de borrar los murales de Lima Metropolitana, tiene un singular significado de atentado contra la cultura popular. Los murales como los grafitis, expresan un tiempo histórico único que no se vuelve a repetir. Ninguna pintura mural puede remplazar a otra, como ninguna lengua es superior a otra. No hay culturas superiores e inferiores, hay culturas dominantes y dominadas. Cuando desaparece una cultura cualquiera que sea, se pierde una parte de la memoria colectiva humana. Entonces, ordenar borrar o desaparecer un mural, no solo significa una falta de criterio histórico, sino que es un insulto a la inteligencia y a las culturas del Perú.
   Menos mal que las reacciones en contra de ese atentado han sido contundes y  provenido de distintas vertientes ideológicas, también hubo opiniones de importantes  intelectuales. Entonces, la pregunta es precisamente: ¿Por qué en Lima tiene que ocurrir este inaceptable hecho? La respuesta es sencilla, porque el alcalde no tiene ningún respeto a los ciudadanos, a quienes lo eligieron, menos a la crítica ni opinión de los intelectuales. Es verdad que no todos los murales tenían  o tienen una evidente calidad artística, muchos de los murales de Medellín, Caracas, Quito, California, Tokio, Santiago de Chile, Berlín y los de París, tampoco.
     En un principio se quiso ideologizar las alegorías y lenguaje pictórico de los murales. Pero el peso de la razón se impuso sobre quienes de alguna manera trataron de justificar un acto censurable. Menos mal que algunos murales han sobrevivido a una medida injustificable. Ahora donde antes había un mural, hay una pátina de pintura amarilla que ha atentado contra el subconsciente colectivo. ¿El alcalde de Medellín haría lo mismo?, no. Menos el de Puerto Príncipe, capital de Haití, ciudad llena de pintura mural y alegorías hasta en los carros que circulan por ciudades y carreteras. Nadie como los pintores haitianos para expresarte a través de una pintura llamada naif por la crítica dominante. En muchos pueblos de México hay miles de murales de distintas calidades. Nadie nunca, ningún alcalde, jamás ordenó que desaparecieran.

    Así entonces, Castañeda Lossio, no entiende ni quiere saber nada de la cultura popular y menos de murales en las calles de Lima. Prefiere una ciudad perdida en el tiempo y en medio de un horrendo caos que nadie sabe cuándo terminará. ¿Quién pintó Cristo de Pachacamillla? ¿No fue acaso un mural de dudosa calidad artística hecho en una pared rústica? Tal vez pase a la Historia de Lima, un mudo que ordenó a los trabajadores del Municipio, borrar una madrugada los murales que había. Nadie que escriba acerca de los murales en esta horrenda y multiétnica ciudad de Lima, dejará de mencionar este vergonzoso hecho que jamás debió haber sucedido.     

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