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martes, 8 de marzo de 2016

AMÉRICO FERRARI ENTRE LA CRÍTICA Y LA POESÍA



  

Cuando 1974 el sello editorial de Francisco Moncloa, publicó la edición completa de la obra de César Vallejo, Américo Ferrari se encargó de escribir el prólogo. Aunque el trabajo empezó en 1972, la edición apareció recién 1974. Ese mismo año, en la Revista Iberoamericana, apareció un comentario en referencia al libro de Américo Ferrari con el título Universo poético de César Vallejo. (Monte Ávila. Caracas). Precisamente en la página 19, se comenta el texto de Ferrari que resultó ser una ampliación del prólogo citado:   
    “El libro se divide en dos partes: la primera está dedicada a los temas o ‘grandes obsesiones’ del poeta: el tiempo, la muerte, la existencia, el hombre, la historia, a partir de un análisis de la intuición poética primordial de Vallejo ante la existencia, intuición que, según Ferrari, da la clave para estudiar su obra poética. El crítico sitúa, además a Vallejo y su obra en la época en que el poeta la escribe, y así relaciona la poética del peruano con las distintas corrientes y escuelas literarias de América y Europa, tal como el modernismo, el ultraísmo, el simbolismo y el surrealismo. Compara, además, el pensamiento poético de Vallejo con algunas conclusiones del pensamiento heideggeriano como demostración, no de una influencia (Vallejo probablemente nunca había leído a Heidegger), sino de una convergencia entre el pensamiento de un poeta y el de un filósofo en torno a temas metafísicos mayores de la época contemporánea”.
    Luego se afirma que: “La segunda parte estudia la escritura poética de Vallejo en su desarrollo a través  de los primeros dos libros de poemas, Los heraldos negros y Trilce, que representan sendas etapas bien definidas, y la última etapa, representada por Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz. (El mismo título de esta parte, ‘La escritura poética’, indica el hecho de que Ferrari pretende llevar a la crítica vallejiana los aportes de la labor crítica de Barthes y de la escuela estructuralista, aunque vemos, por otra parte, amplia influencia de críticos como Emil Staiger, Wolfgang Kayser, Dámaso Alonso y Carlos Buosoño. (Apuntamos el hecho como observación y no como crítica). A través del estudio fenomenológico de la escritura poética Ferrari busca demostrar el mismo conflicto que fijaba las obsesiones mayores del poeta, y a la vez como se modifica la palabra del poeta en el tiempo, no cambian en lo esencial las intuiciones que dan su sentido a la obra total”.
     Pero Américo Ferrari, no era solo un acertado crítico sino un poeta fino, sensible y muy cuidadoso de un lenguaje tan personal como su voz y mirada. Los lectores de su poesía se preguntaban cómo hacía para cumplir a la vez ambas funciones como poeta y crítico. ¿Quién salía ganando o perdiendo? Cuando el poeta cumple el oficio de crítico es mucho más exigente, más rigoroso, porque sabe que con una palabra de más o menos, el poema empobrece. Su crítica, sin embargo ha trascendido más que su poseía, porque seguramente que en el proceso de su creación literaria, desarrolló una severa autoevaluación. Un tema que merece un estudio detenido y falta hacer:  Américo Ferrari como crítico y poeta a la vez.
    Pero más allá de estas preocupaciones literarias, Américo Ferrari era una persona sencilla, afable, peruanísimo hasta el tuétano, siempre decidido a escuchar más que a hablar de él y sus trabajos literarios. Su larga residencia en Europa, especialmente en París no era un obstáculo para no leer a los escritores peruanos importantes. Fue el poeta y escritor ecuatoriano Jorge Carrera Andrade, quien nos presentó en el café La Coupole en 1972, desde entonces tuvimos una serie de encuentros, hasta que me permití entregarle un libro para que lo leyera. Con especial temor le pregunté qué le había parecido y si podía hacerme el favor de escribir un texto de presentación. Efectivamente fue en “París, otoño de 1973”, que me entregó un texto muy generoso para publicarlo en mi libro “Acto de fe”.
    Américo Ferrari escribió: “Adhesión a un Acto de fe”. “A veces, cuando la barbarie del mundo moderno nos inclina al pesimismo, pensamos con angustia que también la escritura poética se está muriendo, ahogada por la indiferencia  o la hostilidad. Pero al mismo tiempo nos decimos: ¿Cuántos poetas estarán escribiendo su obra en el momento en que nosotros pensamos esta tontería? Y en efecto, los adeptos la silencio y reconocido decir poético que habla en soledad podrían decir a la legión de sus detractores (hiedra publicitaria, atronadora prepotencia de los mass-media) aquello que: “Los muertos que vos matasteis gozan de buena salud” Y de buena salud goza hoy la poesía, atrapada en los círculos publicitarios extasiada por la simple maravilla del ser, no por ignorada  menos viva y vigorosa. Así lo demuestra este Acto de Fe. (Poesía: acto de fe) de José Luis Ayala.
    Ayala nació en la provincia de Huancané, a orillas del lago Titicaca (Perú), en 1942, estudió de niño en las comunidades campesinas de su región, en íntimo contacto, pues, con las tradiciones de esa alta zona rural del Perú. Tiene así la suerte de ser bilingüe aymara-español, lengua ésta de minorías del Perú pocos hablan (aymara) y casi nadie estudia (como es bien sabido en el Perú la segunda lengua que se estudia oficialmente no es el quechua o aymara, sino el inglés...) En Puno Ayala fue director de la Biblioteca Municipal Pública y un buen día decidió venirse a París, donde reside hace dos años y ha escrito este acto de fe.
    No queremos lanzarnos ahora a un estudio detenido de la poesía de Ayala (ese famoso “estudio preliminar”) tan enojoso para el lector que con razón siempre se lo salta, prefiriendo el diálogo con el poeta). Bástenos señalar la fluidez y sobriedad de estos versos de ritmo sordo y, en ese sentido la ausencia que se expande en la oquedad del lenguaje. La poesía de Ayala parece moverse, con movimiento pendular, entre la opacidad del mundo y la transparencia de la palabra, del lenguaje denso de las cosas a las sílabas de un nombre que se inscribe en la claridad abstracta del papel. El poeta “Aprend(e)) el lenguaje de las hojas” y regres(a) a la palabra para empezar de nuevo”, “andando”  por  “desfiladeros de vértigos constantes”. Movimiento incesante, vaivén  en el que poeta se pierde así mismo para encontrarse  con él y la vida.
   Soledad y silencio: atmósfera en que respira la poesía y en la que las formas exactas y falsas, toda la costra de la realidad convencional, caminos rectos y trillados, estructuras rígidas de nombres se rompen, se desvanecen con solo tocarlas, y dejan entrever la ambigüedad esencial de la realidad.
   “Conozco el límite del silencio
   Hombres de niebla habitan grutas heladas
   Mujeres invisibles vigilan la rotación del tiempo
   Los árboles sabían que estando allí estaba ausente”.
   Si, el poeta no está donde está. Es presente y ausente como el mundo, en el poema cabe la ausencia, presencia del mundo y el hombre, pero:
   “Y bien quiero expresarme
    Mas he aquí que me atasco, me desollo”.
    Auguramos éxito a este su transparente libro de poesía”.
    Américo Ferrari nació en Lima (1929), ha muerto en París y allí se quedará para siempre. Culto, analítico, poeta, traductor, gran lector y ensayista. Ha publicado libros de poesía: El silencio de las palabras  (1972), Espejo de la ausencia y la presencia, Cuadernos de María Isabel (1972), Las metamorfosis de la evidencia  (1974), Tierra desterrada (1980), La fiesta de los locos (1982), Para esto hay que desnudar a la doncella (1949-1997), Casa de Nadies (2000). Tradujo del alemán a Novalis (Himnos a la noche. Cánticos espirituales) a George Trakl (Sebastián en sueños). Su libro de ensayo sobre César Vallejo con participación de Georgette Vallejo es esencial para conocer mejor a Vallejo y también a Ferrari. Es importante el libro: Los sonidos del silencio, se refiere a poetas peruanos del siglo XX. (1990) como El bosque y sus caminos, ensayos de poesía y poética hispanoamericanas (1993).
      
       Leamos un poema suyo en su memoria.

       Círculo de poetas nihilistas y su gramática

un color de sangre comprimida nace del relámpago y la lujuria abrupta de la tierra
lo borramos
un surtidor de agua nocturna nos disuelve en una lluvia de dicha y ansiedad
lo cortamos
una concha de madreperla libera en su destello el misterio exhaustivo del placer
la hacemos polvo
un mar de fondo nos arroja a la única playa donde nunca es siempre
lo secamos
una llama muerde voraz a una mujer o una loba resucitada en el amor
la apagamos
perennes el color el agua erecta el destellar de la madreperla la ola
indetenible el deseo llameante son
un montoncito de polvo calcinado atestigua el tránsito de un verbo
conjugado y su escondido pronombre personal.

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