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miércoles, 25 de julio de 2012

CAJAMARCA, EL ORO, PERRADAS Y MUERTE


La primera extorsión, chantaje, amenaza, traición, lucro y asesinato oficial, se registró en Cajamarca con la invasión española y arbitraria detención del último inca Atahualpa. La extorsión al empezar y durante el dominio del reino de España, era un delito debidamente tipificado, penado. De modo que quienes extorsionaron al inca y después formularon “el primer histórico juicio injusto de América”, sabían muy bien lo que hacían. Tanto Francisco Pizarro, Hernando de Luque, pero mucho más el cura Vicente Valverde, eran concientes de sus acciones de carácter agresor, político y guerrero, era un pecado mortal según la mentalidad cristiana de la época. Sabían que se trataba de una injusta invasión de un pueblo contra otro, que no tenían derecho para actuar como lo hicieron.   
     Lo que no se dice es que el cura Vicente Valverde, en todo momento estuvo de acuerdo con el asesinato de Atahualpa. Como socio en un acto de lucro pactado en Panamá, no podía estar en desacuerdo con ellos. Para los tres socios, el asunto de fondo era llegar a un “imperio donde el oro y plata abundaban”. Estaban dispuestos a eliminar a quienes se opusieran a sus planes. Ellos eran cristianos, conquistadores y poderosos. Los habitantes de América y el Perú, indios, sin alma, sin derechos, eran los invadidos, los conquistados.   
   Tal como sucede ahora, un acto de extorsión era (y es) una acción que consiste en obligar a una persona usando la amenaza, violencia o intimidación, a realizar un acto contra su voluntad. Es llevar a cabo un acto ilícito con un evidente propósito de lucro. La intención final de Pizarro era perjudicar el patrimonio ajeno en beneficio personal y del rey de España. El elemento de la parte objetiva fue el uso de la violencia e intimidación. ¿Por qué un abogado, un jurista peruano inteligente no escribe un libro respecto al injusto juicio a Atahualpa? Ese sería sin duda un gran libro para reeducar la mentalidad derrotista, colonizada, con una pésima auto estima histórica en la que se deforman niños y jóvenes peruanos.    
      El cura Vicente Valverde acompañó a Pizarro al mando de ambiciosos soldados mercenarios, persuadidos que en vez de una paga miserable, recibirían oro por el arrojo y mayores muertes causadas. Llegaron a Cajamarca el 15 de noviembre de 1532 y al día siguiente el inca Atahualpa entró a la plaza, confiado en la invitación y señal de amistad que le hiciera llegar Pizarro. Nadie se presentó para recibirlo y de acuerdo a los planes de éste, (como bien asimilados consejos de Hernán Cortés con la experiencia de México), de pronto apareció Valverde vestido con hábito de dominico, llevaba una cruz de metal en su mano derecha y un  breviario en la izquierda, le acompañaba un ayudante que llevó el mensaje el día anterior a Atahualpa y un joven de origen tallán llamado Martinillo.
    Atahualpa jamás había visto a una persona y menos escuchado palabras que no entendía nada, quedó anonadado y sorprendido por la forma de andar del sacerdote y con una señal de la mano derecha, ordenó que lo dejaran avanzar para saber qué quería y quién era. Una vez frente del inca, Valverde empezó a hablar con el breviario abierto, señalando con el índice lo que aparentemente leía. De acuerdo al cronista prohispano Jerez,  Valverde dijo: “Yo soy sacerdote de Dios y enseño a los cristianos las cosas de Dios, y asimismo vengo a enseñar a vosotros. Lo que yo enseño es lo que Dios nos habló, que está en este libro; y por tanto, de parte de Dios y de los cristianos te ruego que seas su amigo, porque así lo quiere Dios y venirte ha bien de ello; y ve a hablar al Gobernador que te está esperando”.
     El inca no entendió nada y empezó a preguntar de qué se trataba, quién era ese extraño que le hablaba así. Martinillo tradujo la perorata pero para Atahualpa significó una orden. Sin duda se trataba de una cuestión imperativa frente a un soberano, a un inca victorioso y todopoderoso. Recibió el libro y muy disgustado lo arrojó al suelo. Se paró en su litera y le reclamó el maltrato que habían cometido los españoles contra algunos caciques que los habían recibido generosamente. El inca dio un paso sobre la litera y el cura Valverde retrocedió. De ponto corrió hacia donde estaba escondido Pizarro y al llegar le dijo:
     “Este perro”. Mirando a los soldados les dijo que no había otra acción más que vengar una afrenta tan grave a Dios, que absolvería a todos y se irán al cielo, que Dios iluminaba las mentes para dar una lección a los indios paganos. Pizarro ordenó que no mataran al inca y para defenderlo de un posible error o intentara escapar, aleccionó a veinte criados al mando Miguel Estete, Alonso de Mesa y Diego de Trujillo, para que preservaran su integridad a toda costa. Nunca se supo cuántos peruanos murieron en la plaza de Cajamarca, los cronistas españoles justificaron la masacre y traición. No han faltado historiadores prohispanos que inventaron el hecho de que Atahualpa, “arrojó la Biblia al suelo al sentir que no escuchaba nada,  porque Valverde le dijo que era la palabra de Dios”.
       Por supuesto que los historiadores de la coloniedad y prohispanos escriben así: “La conquista del Perú fue un hecho histórico que permitió la evangelización de los indios, así como se estableciera una Colonia próspera en ultramar. Francisco Pizarro, el conquistador del Perú fundó varias ciudades, estableció como capital del virreinato la ciudad de Lima”. ¿Para qué más? No dicen que Francisco Pizarro armó una celada y un acto de traición, que Valverde azuzó un genocidio y menos que le llamara “perro” al inca Atahualpa. La palabra perro curiosamente no está registrada en la Vigésima Segunda Edición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. No importa, ya sabemos de qué animal se trata.
      Lo que llama la atención es la coincidencia del uso de esta palabra como insulto en relación a Cajamarca y a la Historia del Perú. El cura Valverde llamó perro al inca Atahualpa hace 477 años. Un policía usó la palabra perro durante la detención del sacerdote Marco Arana. Dos curas, uno agraviando y el otro agraviado. Sin embargo, ni Atahualpa era un perro y menos Arana. ¿Quién iba a imaginar que después de tantos años, en Cajamarca se decidiría también el futuro del Perú? Ya leeremos cómo escribirán los historiadores desde la perspectiva de la descolonización ideológica o habrá quienes mantengan intacto “El síndrome de la Colonia” y sin duda el insoportable, fétido temor a decir la verdad. Ya veremos. (11 de julio del 2012). 

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